viernes 12 de diciembre de 2008

Sólo es un hasta pronto...



Necesito correr, aunque sea sin rumbo. Quizá me deje llevar por el viento o quizá por la música, salga de donde salga...
Estaré bien y a salvo, os lo prometo. Sólo es una huída necesaria. No os abandono y ya os digo que volveré. Pero necesito volver a recuperar mis huellas, las enterré entre las lágrimas… Me siento cansada, muy cansada.

MUCHA SUERTE A TODOS, Y SOBRE TODO, MI ETERNO AGRADECIMIENTO POR ESTAR PENDIENTE DE ESTE BLOG.
Me faltan gracias para agradecer.

jueves 11 de diciembre de 2008

Bendita soledad



Después del momento en que hemos conocido a través de los límites de la piel los instantes del placer, después del momento de furia, nos descubrimos descansando entre algodones blancos como bestias cansadas.

Nos despegamos tras el chispazo intenso y solitario que nos une. Y tras él, repartimos en cada uno el sudor que hicimos juntos, viendo el final del delirio desde el enredo de nuestras sábanas como mares que se alejan.

Alargo mi brazo buscando tu mano. Sólo tu mano. No hay otro lugar en tu cuerpo que soporte nuevamente mis caricias. No, hasta que no cesen las secuelas de la vehemencia y calme nuestra sangre loca y concentrada entre nuestras piernas.

Juntos y solos. Tú, solo con el aliento que dejé pegado en tu piel. Yo, sola con tus huellas moldeándose a mis formas buscando sosiego.

Juntos y solos. Y las miradas perdiéndose en la planicie del techo. Así, hasta que me salvas de ese momento apocalíptico, de ese momento final, para depositar de nuevo entre mis caderas al feto de la próxima estación de la soledad.

Soledad tras soledad. Soledad momentánea y el bienaventurado cansancio de la febril y palpitante libídine. Bendita soledad, la de estar contigo.

jueves 4 de diciembre de 2008

Es en ti...



Es en la espiga de tu cuello donde me recreo bajo las largas sombras de las sobremesas de invierno y es en la copa de tu paladar donde sorbo en la mañana el sabor de las uvas maduradas en la noche.
Es en tus palabras donde nacen mis deseos más viejos y es en tus brazos donde aletean abejarucos que tarareando al amor se me acercan.

Es desde el jugo de tu aliento donde germina la fresca prosa donde sólo encuentro el ardor de mi poesía.

viernes 28 de noviembre de 2008

Savia



Bebo de tu boca roja la savia que se arrastra por los tallos de mis venas. Es de tu sangre blanca donde me alimento y sobrevivo…

jueves 27 de noviembre de 2008

Fantasmas



Al fin consigo ver en tu sombra la mancha oscura y flotante como fantasmas que se alejan…

miércoles 26 de noviembre de 2008

Barco de papel



He convertido tu risa en barcos de papel que zarpan hacia el olvido. Y he creado surcos en las olas para que te conduzcan a la deriva inalcanzable del tiempo pasado.

He creado tantos barcos como noches me robaste el frío y he forjado en mis sueños un puerto repleto de amarres donde atarlos para que no se extravíen. He pasado mucho tiempo durmiendo en el embarcadero de las desilusiones y he sufrido desde él, las pequeñas muertes de tus días.

De un soplo empujo todos esos barcos donde despiezo cada trocito de ti. Hago mover con el viento de mi boca tus velas rotas. Y te lanzo ahora, a alta mar, bajo la noche oscura de mi candil apagado.

lunes 24 de noviembre de 2008

Furia



Cuando reposo en las tardes de estío, siento en mi vientre el calor de tus invisibles manos. Cuando camino, siento en mis plantas la presión de tus huellas todavía frescas acariciando atardeceres. Cuando me levanto, siento en mi cama el vacío cálido de tu ausencia como una fuerte contraluz que me ciega.

Y desierto, entonces, voy a buscarte a lo largo de mis sentidos. Acaricio mi ombligo como si tus manos en él aún vivieran, corro tras tus pisadas de arena sin deformarlas en el olvido y no encuentro bajo mis sábanas más que el frío lejano de tu despedida.

Y renazco protestando desde la ira, maldiciendo una y otra vez el haberme convertido en sólo tacto. Entonces, envuelta en rabia me pregunto ¿por qué no apareces?

domingo 23 de noviembre de 2008

Desnuda (Poema de Roque Dalton)



Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.

Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como un niño perdido
que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.

Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que me nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a las sombras los deseos me ladran.

Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.

El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.

El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.

jueves 20 de noviembre de 2008

Háblame, alma hablante



Nadando en las noches habitas siempre como sombra tenebrosa y cercana. Sólo tú, alma hablante, calmas la sed de oscuridad que exige el claror de una vela rutilante que alumbra los crepúsculos.

Alma que canta y nunca llora. Vienes sin llamar desde la profundidad de tu abismo. Apareces a destellos, fulgente, resistiendo mi insulso avanzar por las tinieblas. Enfrentando mi pecho nocturno, deshecho, que bajo la escasa luz de tu lobreguez te llama para que me ayudes a olvidar que la luna decrece.

Eres todopoderosa. Yo, débil y mortal.

Nadando en las noches habitas siempre como sombra tenebrosa y cercana, buceando por las depresiones enterradas de la memoria. Yo a tus pies, escucho como satírica me cuentas mis errores olvidados. Sigo pidiéndote que me hables hasta que vuelva la luz, alma mía, al tiempo que la marcha de tus alas despeina mi presente.

Y olvido, vuelvo a olvidar que la luna mengua cuando me cuentas. Y olvido, vuelvo a olvidar que tú eres alma y yo sólo soy carne.

Pero tú. Tú que te permites recordar, sólo tú. Háblame de él esta noche. Háblame al alba, mi incansable y sombría alma hablante.

Difuntos



Y sucedió. Llegó el momento retrasado en el que te encontré en la puerta. Sin maletas y cansado, esperabas mi llegada impaciente.
Discúlpame, se me atrasó el reloj desde que marchaste e inconsciente pasaron los años sin saber que lo nuestro se apostillaba con tu vuelta.

Aquí estoy de nuevo junto a ti.- Me dijiste. -Sabía que volverías.- Te respondí.

Pero tus ojos traían la escarcha oscura de otro tiempo en el que el amor no se te mostró a través de mis brazos. La mancha tibia y desolada del desamor y la desventura de otras noches de ausencia.

Supe, entonces, que me rogarías sin cesar el cariño difunto. Y con tu baldía súplica devolviste a mi reloj las horas atrasadas.

Se hizo tarde.- Te dije.-No tengo tiempo para más. Discúlpame de nuevo.

Niña con frío



Soy un poeta frustrado y un poema de desdén. Ya no encuentro las palabras con las que escribirte. Ni las que me devuelvan el alma perdida en los meses.

Vivo pensando en que llegará un día que llamarás, pendiente del momento en el que tu voz se pronuncie. Me miento una y otra vez, mientras espero que se consuma un instante soñador que sólo habita en mí.

Pasan los días. Como desesperada espero. Sola. Sin ti. Sin nadie alrededor te sigo esperando.

Llega la noche. Me envuelvo en alcohol para seguir recordándote y continuar con el sueño infinito en el que tu voz se encarniza para decirme que estás aquí de nuevo.

Y pasan los días. Uno tras otro. Acontecen los meses y mi alma sigue viajando desesperada para buscarte en el pasado. ¿Dónde estás? Me pregunto. ¿Qué piensas? ¿Piensas algo ya?

Silencio. No hay pausa para el silencio. Ese silencio que grita a deshoras desde tu lejanía. Ese silencio impasible a mi dolor, en el que no encuentro consuelo.

Si pudiera pedir un deseo...


Me encantaría que aparecieras.., estoy cansada de hablar con tu fantasma mudo; o ese que sólo inventa las palabras que yo quiero.

Si pudiera volar, volaría al pasado. A ese tiempo fugaz en el que todo era efímero, tanto, que parecía que no contaba. Volaban felices las horas, despidiéndose en mi mente al cobijo de tus brazos.

¿Qué deseo elegir entre tantos deseos? Si pudiera elegir te diría: “Otra vez”

martes 18 de noviembre de 2008

Cuento de Rolf Carle



Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completad soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, es todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje translúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre la cama revuelta, en una habitación de vigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro la pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en la escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.

-Cuéntame un cuento–, te digo.
-¿Cómo lo quieres?
-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

lunes 17 de noviembre de 2008

Las trompetas son para el verano



Parecía que toda la grada estaba pendiente únicamente de la música. Parecía que todos los asistentes estaban abstraídos en las notas que emanaban aquellas trompetas. Todo el público pendiente de una misma razón, incluido tú, que hincaste tus pupilas en la superficie del escenario y en los cuatro músicos que interpretaban “For sentimental reasons”. Y recordé las infinitas veces que la habíamos escuchado en el jardín de casa, durante largas noches de verano. Era como si el tiempo no pudiera desgastar para ti esos acordes a pesar de haber atravesado tanto tus oídos.

Tras el leve pensamiento me di cuenta de que quizá era yo la única que se había salido de la canción, y contemplé, repasando mi memoria lo mucho que nos unieron aquellos mismos acordes de tantas retorcidas y sensuales trompetas como habíamos llegado a escuchar. Saqué lo ojos de las inmediaciones y encontré una luna llena que me sonreía, casi huidiza, al tiempo que se dejaba caer sobre un apaciguado Mediterráneo. Percibiste en el brazo que me habías echado por el hombro que mi cuello giraba apoyando mis ansias de recrearme en un repaso mental por nuestra vida común.

Entonces te miré. Estabas tan abstraído como la gran mayoría, meciendo tu pierna al son de jazz y sosteniendo en tu mano derecha una copa de whisky, con un trozo de hielo casi deshecho, que apoyabas en tu rodilla. Me miraste tú a mí entonces, y notaste en mi semblante la satisfacción de saberme tuya por más de veinte años, cuya sensación sellaste, en aquel mismo instante, con un beso en mi frente seguido de una sutil sonrisa.

-“Dame un minuto”, me dijiste.

Y tras depositar tu copa en mi mano, vi como tu silueta escapaba de aquel gallinero atónito, saliendo por la puerta del auditorio con paso acelerado.

Apenas tardaste en regresar. Traías mi chal de seda gris entre tus brazos. Me lo colocaste rodeando mi espalda mientras decías:


-“Sé que a estas horas de la madrugada, tú ya tienes frío”.

domingo 16 de noviembre de 2008

La reina de corazones



Tú jugabas a susurrar a las flores y yo comenzaba a sentirme sola. Así, que decidí observar los impacientes movimientos de los pájaros para sobrevivir, a pequeñas zancaditas uno sobre el otro, remontándose una y otra vez, como si fuera una carrera de mutuo acuerdo entre ellos para alcanzar los trozos de miga que esparcidas dejamos bajo la nostalgia de las alas caídas del sauce.

Pero notaste en mi semblante que me estaba aburriendo de verte deshojar margaritas para tirarme de un soplo los pétalos a la cara. Me miraste con uno de los tallos sobre tu boca, chupándolo, mientras yo me disponía a hacer una siesta bajo los escasos rayos de sol que se filtraban entre las ramas. No quería que me notaras enfadada, sólo quería que la intención de quererme saliera al fin de ti. Cuando acoplé el mantel para que ejerciera de almohada exclamaste ¡“Me quiere”!, lanzando al aire el último pétalo blanco.

Pero mi enojo parecía ya invencible. Y tú, sagaz y desdeñoso me sacaste un saco de terciopelo verde para que sacara uno de los papeles que había dentro al percibir mi inútil indiferencia. Metí la mano y cogí un papel blanco doblado en cuatro partes, al tiempo que sacaste de las alforjas de tu bici un gastado mazo de cartas. Extendiste la baraja sobre la hierba y me dijiste entusiasta:

-Antes de leer lo que dice el papel, tienes que escoger una carta y antes de mirar la carta, tienes que leer lo que dice el papel-.

Te obedecí casi olvidando mi enfado. Cuando tenía la carta bocabajo leí el mensaje que al azar saqué del saquito. ¿Qué le sucede a mi reina que tan triste está? E inocentemente, me guardé el papel para que no pudieras leerlo. Después, giré el naipe celosa, tapándolo con los diez dedos de mis manos. Era la reina de corazones.

Me mirabas riéndote, sintiéndote triunfal. Y proseguiste con tu juego de sutil embaucador mientras yo seguía preguntándome para mis adentros cuándo llegaría el momento en que al fin te declararas, sin comenzar, si quiera, a entender tu juego.

Antes de que yo rechistara me hiciste repetir la misma acción. Nuevo papelito y nueva carta, mientras continuabas con tu sonrisa resuelta e imbatible.

Y así lo hice. -¿Será que acaso necesitas el cariño de tu rey de corazones?- Y al girar el naipe, apareció un rojo corazón gigante sobre un fondo blanco.

Me reí a carcajadas tumbada sobre la hierba mientras tú te abalanzabas sobre mí para apartarme el cabello y colocarme en la oreja la margarita sin pétalos que habías deshojado.

Fragmento de Sonata de Primavera



(...) Cuando yo entré, quedóse un momento indecisa. Sus ojos miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron a mí con ruego tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces le dije, sonriendo:

-¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!

Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos, y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos. Era la caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos. Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro, apenas si se distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de Maria del Rosario con el empeño de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla y sólo le dije después de un largo silencio:

-¿No me daréis una rosa?
Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:
-Si la queréis...
Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero yo veía temblar sus manos sobre los floreros, al elegir la rosa. Con una sonrisa llena de angustia me dijo:

-Os daré la mejor.
Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:
-La mejor está en vuestros labios.
Me miró apartándose pálida y angustiada:
-No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?
-Por veros enojada.
-¿Y eso os agrada? ¡Algunas veces me parecéis el Demonio!
-El Demonio no sabe querer.
(...)


Este es un fragmento de Sonata de Primavera escrito por Ramón Maria del Valle-Inclán en el que narra las memorias del Marqués de Bradomín intentando cortejar a Maria del Rosario, hija de la Princesa Gaetani.

jueves 13 de noviembre de 2008

Romanza



Acariciaba mis cuerdas y sentía en mis yemas el rendido pisar de las puntas de tus zapatillas. Te acercabas como gaviota al mar en calma, te girabas como nube de polvo sobre playas lejanas, y cuando al fin ante mi te hallabas, te alejabas veloz y asustada. Teatrera y curiosa, volvías cuando mis dedos por el barniz envejecido se deslizaban, escupiendo corcheas en do menor que desde mi contrabajo al viento viajaban. La sinuosa directriz de las curvas de mi armazón, tan semejante al frente de tu cintura, la medida perfecta de tus caderas simulaba. Te observé bailar... y te tocaba.

Muñeca eras, marioneta de mi música. En tu cuello espigado, suave como el de un cisne, yo veía crecer las brasas al son que mis manos por las cuerdas de mi aparejo, envejecido y sabio, trepaban. Tú, danzarina en el aire, musa entre faldones de tul y lazos de seda, parecías rescatada de la encimera de una cajita de música donde guardabas tus perlas...
Hacia mi llegabas, con el pelo recogido y las sienes despejadas, con enfado y desaire, con ternura y sed de música, música que te quemaba los muslos de muselina bordada. Te alejabas de nuevo teatrera, te girabas como remolino de polvo y te volvías a acercar como gaviota de ojos claros que la luz de mi contrabajo dejó ciega.

Mariposa sin alas cubierta de sedas, baila para mi linda niña, que mi música es tu cuerpo y la luna tu compañera.

lunes 10 de noviembre de 2008

Cuando tu...



Cuando tu piel blanca se acerca, vestida de ti, siempre honesta, y tus ojos, luciérnagas brillantes, me miran lascivos, insinuantes al tiempo que esquivos, no afronto el sonrojo en mis pómulos destellantes ni concibo atrapar en mi boca ingenuos suspiros.

Cuando tus labios me besan medrosos, cayendo de placer rendidos, mi lengua celosa murmura en secreto, escondida y prisionera entre tus dientes, que es esclava de tus latidos.

Cuando tu piel blanca se aleja, vestida de mí, siempre virtuosa, fecundada de prósperos júbilos y tus ojos durmiendo amortecidos me fantasean en dulce desvarío, mis palabras hábiles escapan por caminos de aire hasta tus oídos, negando tu deserción mientras reposas, suplicando a tu sueño sin demora más encierros furtivos.

jueves 6 de noviembre de 2008

Bésame la boca




Mordisqueabas la manzana con ahínco. Oía los mordiscos que pegabas para arrancarle un trozo al rojo jugoso cuyo zumo resbalaba por tus mejillas. Te miraba comerla desde el sosiego de la madera adormecida que conformaba el embarcadero. El mar estaba manso, agrietado sólo por olas que el aire del levante extraviaba formando surcos de luces contra los pilares que nos sustentaban a ti y a mí, y a la pasarela desde donde dejábamos colgar nuestros pies.
Rompiste el ruido del ir y venir del agua temblorosa.

-Sabes... -me decías limpiando el néctar de tu barbilla. –Se descubre tanto en un beso... –Y parecía que en ese momento, besaras la manzana.
-Cuando besas a alguien, sabes de qué forma te quiere. Y cuando besas a alguien que quieres y no te besa bien, sientes que falta algo. –Te contesté.

Pasaron unos segundos que a mi me parecieron minutos. Yo continuaba lanzando piedras al mar y tú apurabas el esqueleto de tu fruto acabado. Giraste la cabeza hacia mí despacio, y al encontrarte con mi rostro dejaste escapar la dulzura de tus ojos a través de tus palabras:

-Ven... bésame...bésame la boca.

miércoles 5 de noviembre de 2008

Soneto de Félix Grande (1.937)




Si tú me abandonaras, te quedarías sin causa
como fruta verde que se arrancó al manzano,
de noche soñarías que te mira mi mano
y de día, sin mi mano, serías sólo una pausa;

si yo te abandonara, me quedaría sin sueño
como un mar que de pronto se quedó sin orillas,
me extendería buscándolas, con olas amarillas,
enormes, y no obstante yo sería muy pequeño;

porque tu obra soy yo, envejecer conmigo,
ser para mis rincones el único testigo,
ayudarme a vivir y a morir, compañera;

porque mi obra eres tú, arcilla pensativa:
mirarte día y noche, mirarte mientras viva;
en ti está mi mirada más vieja y verdadera.

viernes 17 de octubre de 2008

Dímelo flojito



Cruzábamos el riachuelo, saltando de piedra en piedra, yo tras de ti, siguiendo tus brincos. Después de rebasar los cañaverales, dejando atrás la ribera del alboroto y tumbados entre rojas zarzas y fecundas cañadas, apoyé la cabeza sobre tu pecho.

Caía la tarde, una más a descontar de aquel otoño de ocasos húmedos y crepúsculos cosidos con tu risa. El lecho de hierba improvisado estaba bañado por el rocío en aquel extraordinario momento de calma y pausa.

-Quiero todas tus noches sin luna.- Me dijiste, rodeando mi espalda reposada sobre la maleza cálida de tu torso risueño. -Donde nada desciende y todo crece, y el añil de tus amaneceres sin horas que volando acontecen. Quiero una infidelidad a tu sensatez y un guiño a la aventura. Quiero el olor del pan en tus mañanas y el azul de tus pupilas entallando el pardo de mis ojos. Quiero una frase pagana de tu boca en la aurora o un delirante lunes de sorpresa y locura.

-Vuélvelo a decir, que quiero retenerlo.- Te dije, tornando mis párpados hacia tus labios.- Vuélvelo a decir, pero esta vez…, dímelo despacio y flojito...

Piedra de Horno (Poema de Nicolás Guillén)


La tarde abandonada gime deshecha en lluvia.
Del cielo caen recuerdos y entran por la ventana.
Duros suspiros rotos, quimeras lastimadas.
Lentamente va viniendo tu cuerpo.
Llegan tus manos en su órbita
de aguardiente de caña;
tus pies de lento azúcar quemados por la danza,
y tus muslos, tenazas del espasmo,
y tu boca, sustancia
comestible y tu cintura
de abierto caramelo.
Llegan tus brazos de oro, tus dientes sanguinarios;
de pronto entran tus ojos traicionados;
tu piel tendida, preparada
para la siesta:
tu olor a selva repentina; tu garganta
gritando –no sé, me lo imagino-, gimiendo
-no sé, me lo figuro-, quemándose- no sé, supongo, creo;
tu garganta profunda
retorciendo palabras prohibidas.
Un río de promesas
desciende de tu pelo,
se demora en tus senos,
cuaja al fin en un charco de melaza en tu vientre,
viola tu carne firme de nocturno secreto.
Carbón ardiente y piedra de horno
en esta tarde fría de lluvia y de silencio.

lunes 13 de octubre de 2008

Tiempo de reposo


Acaba el verano y con él, las noches de lunas plateadas en la terraza. Acaba el verano y con él, los momentos de inspiración recorriendo tu cintura, el sonido del chispazo de las olas contra las rocas en tu respiración y el aleteo de las gaviotas en el dulce lamento de tu risa.

Tiempo es lo que necesito-, así me lo dijiste.

¿Tiempo para qué? El tiempo sólo existe si lo encarnizamos sin hacer nada, dejándolo pasar, o haciendo cosas distintas a las de un punto de partida, para reaparecer de un salto y regresar a ese mismo punto cuando han pasado los días. -¿El tiempo se ve?-. Te pregunté.

Tiempo para pensar si quiero que seas la última mujer de mi vida-.

Y mientras pasaba el tiempo, para ti tan despacio entre pensamientos vagos, buscando el abrigo de mis madrigueras, para mí se escapaba, a medida que las manecillas del reloj me anunciaban, en cada vuelta, que me estaba perdiendo la espera de más veranos con charranes reflejándose en tu iris, de luz en tus noches y del olor a sal de tu cabello arenoso.

Seguía pasando el tiempo, seguía pasando tu tiempo difunto, mientras yo vaciaba mis mañanas ansiando el momento en el que me sintieras, no como la última, sino como la misma mujer del primer día.

miércoles 8 de octubre de 2008

Marioneta


Aún aguardo tus palabras…
Esperando que con ellas desenredes las cuerdas que me estrangulan y me desahogan.

Me abrazas con un , me deslías, desenlazándome y devolviendo la lisura de mis cordeles mientras yo me muevo sumisa, abstraída en la ternura de tus dedos cuando me giras como a una muñeca apacible entre tus manos de niño. Me besas, me ciñes, me envuelves, me abarcas, y de nuevo, me alejas.

Me alejas, con un no inmediato, perverso, soberbio y contradictorio, volviendo a descolocar mi sustentáculos, amasando otra vez mis cintas de seda a tu antojo. Perturbada, sigo manteniendo mi sumisión a tus deseos, acostumbrada a que me veneres cuando ordenas mis lajas. Me estiras, me yergues, me empujas, me lanzas y de nuevo, me abrazas.

Sigo aguardando tus palabras…
Esperando que con ellas me ates para siempre.

martes 7 de octubre de 2008

Ay, Belén, Belén...


Cuántas risas nos cayeron por los ojos y cuántas lágrimas brotaron de nuestras bocas. Cuántas cartas nos enviábamos para felicitarnos, cuánta gente que no nos entendió, cuántas veces nuestros gestos nos confundían… y es que somos tan parecidas...
No recuerdo quién se enamoró antes, quién lloró antes, quién sonrió ante una mirada descaradamente intencionada. No lo recuerdo porque compartíamos hasta el más ridículo propósito, de tal manera… que acabamos aprendiéndonos la vida mutuamente y adivinando en la otra el próximo movimiento, intuyendo, siempre, hasta lo que escondíamos. Inventamos y vivimos nuestra propia y dorada Belle Époque. ¿Qué tiempos, verdad?

Han pasado varios años desde que nos cambiábamos los zapatos, desde que nos encerrábamos en el cuarto de baño para pintarnos los labios, desde que nos encontraba la madrugada charlando de la torturante belleza masculina. Pero aún soy capaz de recordarte más allá del pasado; recostando nuestra niñez sobre los vastos colchones de goma espuma de los abuelos, en aquella habitación de donde expoliábamos la ropa de los armarios de la abuela, en el arca de madera donde escondía los caramelos, e incluso, en el viaje dormidas camino a Guadalajara, paseando mis cuatro años junto a tus seis. Ay, aquellos felices años ´80.

Sigo encontrándote en mi risa, en las letras de las canciones, e incluso, en olores improvisados que nos llevan a hechos consumados. Aún así, siempre pienso que lo mejor está aún por venir.

Por suerte, como decía Loquillo, se nos sigue “saliendo el amor por las copas”.

La canción que tienes en el cargador de Louis Armstrong, “We have all the time in the word” es para ti. Porque lo tuvimos, lo tenemos y lo tendremos.

miércoles 1 de octubre de 2008

El laberinto barroco


Resonaban las brasas de tus pisadas de fuego en mis tímpanos esquivos. Salpicaban los rescoldos de tus huellas mientras yo corría. Corría sin rumbo ni final, salvo el de escapar de nuevo de ti y convertir tus recuerdos en una líquida y deshecha escarcha.

Pero a medida que avanzaba apresurándome, el eco de tu risa volvía a hablarme entre susurros mudos. -¿Seguirás detrás?- Me preguntaba. Y tú, sin hacer el mínimo intento por disimular, seguías sí, a grandes zancadas la clara indecisión de mi sombra.

Me detuve un momento en una encrucijada, un cruce de caminos verdes, donde sólo había una salida pero infinitos caminos muertos sin desembocadura. Dando vueltas sobre mí misma, giré buscando respuestas en las paredes del seto erguido. -¿Seguir escondiéndome de ti o salirte al encuentro?-. Más dudas vestidas de miedo, de incertidumbre y de la incesante y sobria sospecha de que se acercaba el amor para volver a deformar mi corazón malherido.

-En la próxima intersección me desvío a la izquierda-. Pensé de la misma forma que lo hice.

Cuando llegué al final del camino sin salida, me apoyé sobre la vegetación sinuosa que me separaba de tí, buscando el estrépito de la ruta que seguías. Al poco, giraste tú y me encontraste al fondo de calle. No tenía escapatoria en aquel laberinto barroco, no me diste otra opción más que la de rendirme al calor de tu mano en mi cintura mientras deshacías el nudo que sujetaba mi escote.

Instante glorioso


Tendidos sobre la hierba de finales de enero, en un campo de tempranos tréboles y margaritas del sur. Mi cabeza sobre tu vientre y tu mano sobre mi pelo.

-¿Me quieres?- Te pregunté.

Pensativo te quedaste derramando el azul de tus pupilas cansadas por el cielo. Después, sólo durante unos cortos segundos, miraste mi rostro de espera que te indagaba.
Volviste a mirar al cielo como un rufián, haciendo esperar, premeditadamente, una respuesta que desde mi impaciencia y emoción deseaba.

-¡Dime! ¿Me quieres? -Volví a insistir, inquiriéndote inmediata.

Desenredando mi pelo con tus manos, soltaste una carcajada, esa espontaneidad donde te reconozco desde hace más de cincuenta y siete años. Y llevando la lisura de tus dedos a mis mejillas dijiste:

-Repítelo, pregúntamelo otra vez…

martes 30 de septiembre de 2008

Si me desnudas con tu música


Empiezas a tocar las cuerdas de tu aparejo observándome, mientras escucho el tintineo sosegado de la delicadeza de tus dedos encarnizando acordes. Es entonces, en ese soplo preciso, cuando mis expectantes oídos acuden al sonido sublime de tu música, sintiendo en mis piernas el vaivén dislocado y desacorde de un baile al que sólo pones letra para que yo la siga.

Vuelves a mirarme y te ríes. Entonces, me río mirando cómo me miras.

Sigo escuchándote impaciente desde la melodía azul que suaviza la noche, transformándose en un concierto celeste que marca el ritmo de mi desnudez pausada y creciente. Vuelves a lanzarte a por mí a través de bagatelas y sinfónicas palabras. Más secuencias de miniaturas incesantes, tropel de suites teatreras, para castigarme desde tu eufonía mansa e impaciente.

Vuelvo a mirarte y me río. Entonces, me miras y callas.

Y yo, derrotada ante el aguacero de nubes musicales que me exhalas desde tu arco emergente, te espero endeble en un rincón de la cama, en ese segundo soplo preciso en el que mi piel desnuda acude al sonido sublime de tu música, a la que yo pongo letra, para que me sigas con tu vaivén nocturno, dislocado y desacorde.

Olvido


lunes 29 de septiembre de 2008

Campo de Batalla (Poema de Rafael Alberti)


Nace en las ingles un calor callado,
como un rumor de espuma silencioso.
Su dura mimbre el tulipán precioso
dobla sin agua, vivo y agotado.

Crece en la sangre un desasosegado,
urgente pensamiento belicoso.
La exhausta flor perdida en su reposo
rompe su sueño en la raíz mojado.

Salta la tierra y de su entraña pierde
savia, veneno y alameda verde.
Palpita, cruje, azota, empuja, estalla.
La vida hiende vida en plena vida.

Y aunque la muerte gane la partida,
todo es un campo alegre de batalla.

domingo 28 de septiembre de 2008

Miénteme


Miénteme desde las profundidades de los engaños de tu boca que yo te sigo buscando en las palabras que nunca escribiste. Hazlo, mientras escapo corriendo de tus días y vuelvo volando sin dueño a tus noches. Miénteme desde el abismo que se esconde en tu voz de naranjo seco, de truhán mudo en el arenal de tus promesas, y en esas veces extrañas en las que alivias mi impavidez si dices que me quieres.
Miénteme al oído. Miénteme y dime todo aquello que yo ya sé que es cierto. Miénteme, te lo suplico, que el mensajero del aire me trae tus silbidos, con la música de tus manos en mi espalda y desde los humedales de la partitura cadenciosa de tu aliento fresco.

Miénteme una vez más, miénteme. Miénteme como el primer día, en ese tiempo de ilusiones que nos enamoró cuando aún no te creía.

El tren de los deseos

Pide un deseo....


El beso de tu boca


Caían los besos sobre mi boca de hielo, poco a poco resbalándose por el raso de tus labios. Después, en desacelerada calma, se encajaba tu lengua con la mía, trepando por las cavernas mojadas de las veredas de tu saliva.
Me besabas con avidez, insaciable y ansioso, cubriéndome con esos besos de las noches frías en las que el calor huyó otras veces oculto entre tus manos de invierno. Me rodaron besos misteriosos, besos recónditos, besos con los que consigues deformar mi carne deshecha y rendida al molde ardiente de tus mejillas temblorosas. Besaste mis manos tibias de oscuridad, la soledad de las tardes de mis pechos, el columpio imberbe de mi cuello y otros besos más que sin robarme me diste, otros besos encendidos, que besaron mis secretos.
Besas besos de Dios, como decía el poeta, bajo la lámpara apagada de tu noche y sobre el colchón quemante de mi madrugada.

Me desperté con la boca en tu oído, mientras mi lengua inocente te decía… enséñame a besar de nuevo.

sábado 27 de septiembre de 2008

De arcilla y barro



Te modelaba entre mis dedos, manteniendo humedecida con mi aliento un cacho de sílice pura y soñando despierta sobre la hierba una tarde vestida de nubes. Modelé tus palabras a mi antojo, inducida por el ansia de esperarte siempre, de evocarte siempre, aún sin poner un rostro inmediato a tus ojos y jugando con el limo de mis recuerdos para inventarte. Lo primero que esbocé de ti fueron tus pupilas…
Tus pupilas redondas e inmensamente grandes, para reflejar mi cuerpo arcilloso sobre su barro mojado…
Y te encontré sentado a la vuelta de mi pasado, sobre una piedra que abandoné en el camino, cuando aún no sabía que paseabas mirándome, esbozando mi cuerpo cerámico en tu nido de avecilla de paso. Realmente, te encontré en tantos ojos que miré… en tantas bocas que me besaron… y sin saberlo, eran todos tú.
Tú, siempre tú, escondido en tantos cuerpos, y yo, siempre yo, desde mi único y eterno aguardo, sigo deslizando por mis dedos la plasticidad de tu figura cambiante para endurecerte y darte forma con mi fuego enrojecido.

A ti que no llegas… te sigo soñando.

lunes 22 de septiembre de 2008

Sensualidad



Te acercabas por detrás, sin darme cuenta, silencioso, y me besaste el cuello como un canalla. En ese momento, tu perfume se quedó pegado a mi nariz, y me pregunté qué sería de tí prescindiendo de ese halo de seducción que te envuelve. Me alejé sin querer huir de tus brazos, y mientras caminé hacia la habitación, me ibas siguiendo con la vista. Una sonrisa sagaz se perfilaba en tus labios hábiles. Espontáneo tú, siempre. Inocente de ti mismo y de lo que muestras.
Entonces, te levantaste de aquella butaca de piel negra y te dirigiste a poner música. Un saxo irrumpía en la estancia, como la humedad y el frío lo hacían contra los cristales. Me perseguiste, desnudándome sin quitarme la ropa… No podía obviar esa ceremonia urgente que provocabas siguiendo tu atisbo tras de mí, a lo que al poco, lo hicieron también tus pasos.
Dejaste el champán sobre la mesita y cogiéndome por detrás, aprovechando que cerraba la ventana y corría las cortinas para dejar la estancia en penumbra, comenzaste a mecer mis caderas, y a provocar un sensual baile que se hacía inaplazable.
Se escuchaba el silbido del viento. El trastazo de su fuerza colisionaba contra las hojas de la ventana. Qué frío debió hacer fuera… pensé, al tiempo la danza de tus muslos se abría paso por mis senderos y el contoneo al unísono de nuestras caderas marcaba el apremio de la necesidad de tocarnos. Olvidé que hacía frío…

Como si me hubieras hecho trampa, no parabas de reír…
…Y yo, dejándome engañar… de desearte.

sábado 20 de septiembre de 2008

¿Te acuerdas?


Adentrado el verano, una noche de agosto. Atardecía, más bien.
En el aeropuerto intentaba ahogar los nervios en cada pisada de aquel mármol frío, blanquecino y sucio por el deambular de otros viajeros. Llegaste, tras esperarte veinte minutos, caminando entre la cafetería y una tienda de souvernirs repleta de turistas. Yo buscaba tu mirada entre el incesante vaivén de maletas, bolsas de viaje y enseres extraños y extranjeros.
Ahí estabas, ya te veía desde lejos. Tu figura grácil se acercaba, con tu fino meneo de caderas, altanero, seguro y convencido de adueñarte de las miradas que se cruzaban a tu pasar. Directo, en línea recta te acercaste…
Y reímos nada más mirarnos, ¿te acuerdas? Una sonrisa pequeña y minúscula pero unos ojos que desahogaban la espera colmados de ternura. Encuentro directo al corazón, chispazo, destellos de luz… Tanta emoción en dos desconocidos cuerpos… ¿cómo fue posible?
Así, pasaron los días, entre puertos pesqueros, entre faros taciturnos, entre playas vírgenes, sábanas fértiles y palacios nazaríes…

Noche de otoño...


Una noche más acontece bajo la plateada mirada de un cuarto creciente. Las calles se abandonan al abandono a altas y lentas horas de la madrugada, y el silencio, siempre en continua entereza, se adueña de esquinas desconsoladas. Cae una capa de aire húmedo, y una neblina purpúrea y transparente baila bajo la luz de las farolas cabizbajas. Calle Melancolía, de nuevo, tú.
Y se ven almas a través de los cristales, como penitentes exhalando corrompidos humos dentro de cafeterías de otoño que se llenan con el bullicio de palabras solitarias, amarrando sílabas de un lado a otro, correteando por el aire cargado de alientos secos y buscando otra alma distinta donde calar hasta estériles senos bajo luces rojas y amarillas y el lánguido silbido de las notas de un piano.
Apareciste una noche como esta, haciéndome partícipe de tu soledad. Me amenazabas contándome cuentos de desamor, el cuento de un pasado escondido en una copa de vino rojo. Y creíste, iluso de ti, que me negaría a pensar que aquella trágica noche de noviembre no nos unía, que aquel amargo y melancólico momento de alcohol y humo no me dejaba ver que querías hacerme pensar que estabas pasado de rosca, a vuelta de todo, esquivando el incesante amago del amor por conseguir enamorarnos.


viernes 12 de septiembre de 2008

Por otros lares....


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miércoles 16 de julio de 2008

La mujer que tiene secretos...

La mujer que tiene secretos,
no nació para ser amada.

Retiene, cauta, gotas de silencio en cada una de sus palabras y se retuerce al sangrar el deambular de su alma mudable. Siempre en sus sienes duerme el avispero que su risa oculta y labra, y ensordece de celos cuando el viento le devuelve su canción inconfesable.

La mujer que tiene secretos,
no hace más que amar desesperada.